A
medida que se consumaba el crecimiento de la ciudad, la
llanura pantanosa que la circundaba se fue transformando
en una extensa y feraz huerta regada por un complicado sistema
de acequias que se ramifican para alcanzar el último
rincón de nuestra tierra. Como dato curioso, hoy
en día los canales de riego de mayores dimensiones
(acequias madres) conservan el nombre que les dieron los
"murcíes" o musulmanes de Murcia: acequia de Alquibla
(o del sur) y acequia de Aljufía (o del norte). Cuando
se visitan parajes tan pintorescos como el azud de la Contraparada,
entre Javalí Viejo y Javalí Nuevo, o la rueda
de la Ñora, es fácil entender el ingenio y
los esfuerzos de nuestros antepasados y el auténtico
milagro que supuso la puesta en cultivo de la huerta murciana.
Todos sabemos que la Edad Media fue un período de
gran inestabilidad. Las guerras eran frecuentes y la población
debía refugiarse en fortificaciones cercanas al núcleo
donde vivían y en el que trabajaban sus tierras.
En Murcia existieron numerosos castillos en las estribaciones
montañosas del entorno. No obstante, los esfuerzos
de conservación y restauración se centran
en los mejor conservados: el castillo de la Luz (situado
en Santa Catalina, en la costera sur) y el castillo de Monteagudo,
en la pedanía del mismo nombre, al norte de la ciudad.
Precisamente es en Monteagudo donde los emires murcianos
que gobernaban la Cora de Tudmir (así se llamaba
nuestra región en esa época) fijaron su residencia
veraniega. De la misma manera que Medina Azahara en Córdoba
o que la Alhambra en Granada, la almunia real de Murcia
disponía de amplios jardines regados con albercas
y de varios palacios fortificados que se sumaban al cercano
castillo: el Castillejo, Larache y el Cabezo de Torres.